Por Yoisi Moguel
MÉRIDA, Yuc, a 9 de julio de 2026.– En un entorno económico global marcado por la volatilidad y los constantes ajustes en los mercados, la estabilidad de los hogares no depende únicamente de los ingresos, sino de la capacidad colectiva para administrarlos.
Ante este escenario, la educación financiera se consolida como la principal línea de defensa para el bienestar social, un proceso que requiere transformar de fondo la relación que las familias tienen con el dinero desde el propio entorno doméstico.
Alberto Pat Cervera, académico de la Facultad de Contaduría y Administración de la Universidad Autónoma de Yucatán (Uady), explicó que el principal obstáculo para alcanzar una verdadera estabilidad económica en los hogares es de carácter cultural, debido a la arraigada costumbre de mantener las finanzas como un tema exclusivo de los adultos o bajo un esquema de secrecía absoluta.
Planteó que romper con este tabú y habilitar canales de comunicación abierta sobre los ingresos y egresos reales permite a los integrantes del hogar tomar decisiones coordinadas, planificar a largo plazo y construir una estructura resiliente ante eventos inesperados o emergencias imprevistas.
Para consolidar esta cultura económica, consideró indispensable la inclusión activa de la niñez y la juventud en la planeación del hogar. Los menores, indicó, desempeñan un rol información en el consumo familiar.
Por ello, sostuvo, es necesario aprendan desde edades tempranas a distinguir de forma clara entre el gasto y el ahorro.
“Dinámicas formativas básicas, como el uso de alcancías, la administración de una mesada regulada o la introducción supervisada a cuentas de ahorro infantiles, funcionan como herramientas eficaces para sembrar nociones de administración y enseñar el valor real de los recursos”, acentuó.

Pequeños hábitos que hacen una gran diferencia
El especialista sugirió, en el ámbito práctico, adoptar metodologías claras de distribución de ingresos, tomando como referencia técnica la conocida regla financiera del 50-30-20.
Esta fórmula, reveló, propone destinar el 50 por ciento de los recursos a cubrir los gastos esenciales, el treinta por ciento a necesidades personales y el veinte por ciento restante directo al fondo de ahorro.
Sin embargo, aclaró, estos márgenes son flexibles y deben ajustarse con realismo a las dinámicas particulares de cada dinámica familiar, siempre y cuando se mantenga el compromiso inquebrantable de reservar una parte fija de las percepciones.
Como estrategia para hacer del ahorro un proyecto colectivo y dinámico, refirió, se pueden implementar ejercicios interactivos como el reto de los 365 días, donde cada miembro de la familia aporta diariamente una cantidad de pesos variable según una dinámica de sorteo interno.
Este tipo de actividades, afirmó, demuestran el fuerte impacto económico que poseen las micro acciones constantes cuando se sostienen con disciplina a lo largo de un año completo.
El éxito de cualquier plan de ahorro, puntualizó, radica finalmente en la definición de metas con base en dos interrogantes fundamentales que cada familia debe responder: por qué se quiere ahorrar y para qué se va a utilizar ese capital.
Por último expuso que contar con objetivos tangibles y plazos definidos sostiene la motivación diaria del grupo, al tiempo que se recomienda respaldar estas decisiones en asesorías profesionales e instituciones formales, filtrando con criterio la información financiera que circula actualmente en las plataformas digitales.






















